El lenguaje, el cuerpo y nuestros hijos

Actualizado: mar 1




En estas vacaciones me he reencontrado con amigos muy queridos, entre ellos dos mujeres brillantes e inmensamente generosas de quienes tengo el privilegio de ser muy cercana. Entre nosotras existe una de esas amistades que se quedan suspendidas en el tiempo para ser retomadas cada vez que nuestros caminos se cruzan. Mis amigas no se conocen entre ellas, de hecho viven en continentes distintos, sin embargo ambas comparten la misma angustia: sus hijas, niñas de 12 y 13 años respectivamente, están recuperándose de anorexia nerviosa.


La lucha de mis amigas –¡y de sus hijas!- ha puesto en evidencia mi vulnerabilidad,  la de mi hija de 11 años, rodeada de estereotipos absurdos y expuesta cotidianamente a la presión de nuestra cultura empeñada en homogenizar la belleza, obsesionada con la delgadez. Este ideal irrealizable hace de su cuerpo un blanco fácil de rechazar cuando existan situaciones más complejas, traumas, los sentimientos contradictorios inherentes a la adolescencia.


Consciente de nuestra vulnerabilidad, en estas últimas semanas me he dedicado a observarme, a escucharme y me ha sido evidente que como padres somos también culpables de fomentar en nuestros hijos una relación poco saludable con su cuerpo.  Detengámonos un momento a pensar: ¿cómo nos referimos a nuestro cuerpo?, ¿cómo nos saludamos con nuestros amigos?, ¿cómo nos referimos a la comida?, ¿por qué hacemos ejercicio?, ¿qué cualidad fomentamos más en nuestras hijas?


Permítame contestar en el mismo orden: “Estoy gordísima, horrorosa… en estas vacaciones tragué como una cerda”; “hoooole… uy estás DI VI NA, flaquísima… ¿cómo haces?”; “Yo no puedo ni ver el pan… me engordo solo de mirarlo”; “Yo me mato en el gimnasio, mija porque de lo contrario…” “Nena, arréglate, péinate, ponte linda: como a uno lo ven lo tratan”.


Exactamente.


Los padres somos la primera ventana a la realidad que tienen los niños. Aunque queremos pensar que detrás de nuestro lenguaje no hay nada, es el momento de darnos cuenta de que sí hay mucho detrás.  Ese lenguaje hace del cuerpo de nuestros hijos un objetivo vulnerable, me explico mejor a continuación.


Es importante entender, que aunque la comida es un factor clave en los trastornos de conducta alimentaria, no es el más importante.  Pensemos en la comida como la punta del iceberg, un síntoma que pone en evidencia un sufrimiento más profundo. Un adolescente es en pocas palabras una revolución de información y emociones nuevas, contradictorias, en muchos casos difíciles de digerir, esa frustración se vuelca hacia objetivos vulnerables, de ahí la importancia de  fomentar una relación saludable con su cuerpo.  Antes de sus padres, está su propio cuerpo.


Es cierto que existen personalidades más vulnerables a trastornos de conducta alimentaria.  Tienden a ser a niñas perfeccionistas, con baja autoestima, académicamente exigentes, niñas con una necesidad de aceptación profunda. También es cierto que como padres no podemos controlarlo todo, entonces controlemos lo que podemos controlar: nuestro lenguaje, nuestra relación con la comida, la calidad del tiempo con nuestros hijos. Pero sobro todo, aceptemos que este es un problema al que somos sensibles todos.


En el recuadro escribo algunos de los síntomas de la Anorexia Nerviosa, cada vez más común en niñas entre 12 y 18 años. El primer paso para recuperarse es la aceptación de la enfermedad, el paso a seguir: asesorarse de un grupo de médicos y psicólogos que lleguen a la base del problema y que acompañen el caminar del paciente y su familia hacia la conquista de su individualidad. Y por supuesto, el nutriente indispensable es el amor.


Yo no escribo desde la vanidad, escribo desde una sincera intención de servir.  Este blog no estaría completo sino incluyo un mensaje para mi hija, y ojalá para todas las hijas de madres que como yo, quieren ver en sus hijas mujeres plenas, definidas en sus propios términos… no por como otros las vean.


“Hija, qué difícil es ser una mujer bella en tus tiempos, déjame ser más específica: es imposible ser una mujer bella en tus tiempos. Porque inclusive esas imágenes perfectamente retocadas que ves en las pantallas de tus dispositivos, son el reflejo de mujeres que no se ven ni se sienten bellas…


Yo como tu madre siempre me maravillaré de tu belleza, pero eso es lo de menos. No importa ni cómo te veo yo, ni cómo te ven los que no te quieren tanto. Lo que sí importa es cómo te defines tú: importa que te sepas bella, que entiendas tu cuerpo como el instrumento fundamental que te acompaña, ese que te permite crear, soñar, explorar, amar… ser. Cuida tu cuerpo, piensa que tendrá que acompañarte toda tu vida. Acéptalo, nútrelo, aséalo, ámalo, pero sobretodo protégelo de los que quieren hacer de él un estereotipo.


La belleza, en mi opinión,  es ordinaria cuando es común, artificial y genérica, pero ¿sabes qué? también puede ser peligrosa: cuando se cree más que tú, cuando se siente suficiente para llevar las riendas de tu vida. Aún sabiéndote bella, ten la certeza de que no será suficiente.  Solo, mientras la mujer que eres tome posesión del cuerpo en el que habita, serás bella: por tus buenos actos, tu inteligencia, tu creatividad, tu contribución, tu voz… todos estos últimos sí que dependen de ti y te darán seguridad y  confianza, íntimas aliadas de la belleza.


No existen ni la perfección ni el momento perfecto. Es más útil ser valiente, y empezar pronto aquello que te es urgente.


Eres bella, no porque yo te lo diga ni te lo diga nadie… eres bella porque tienes todo en ti para serlo.


¡Recuerda: tu cuerpo es un instrumento perfecto por definición, y único por suerte!


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